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LA ANTROPOLOGÍA HISTÓRICA DEL SEPTENARIO DE MOYA-POR QUÉ SE CELEBRA CADA SIETE AÑOS

 REGULO ALGARRA HERNANDEZ Investigador de la historia de la villa de Moya y su Marquesado , coordinador del Grupo de nvestigacion de Moya ( GIM) y cofundador del CENTRO DE ESTUDIOS DEL MARQUESADO DE MOYA junto con MARIANO LOPEZ MARIN y Ayuntamiento de Landete.


LA ANTROPOLOGÍA HISTÓRICA DEL SEPTENARIO

Este es mi estudio particular en torno a la justificación histórica del Septenario, tanto el de Tejeda como el de Santerón, contenido en mis libros LA DIOSA VIRGEN Y LOS DANZANTES DE TEJEDA (2021), y LAS TRAMPAS DE LA FE (2023). Os anticipo que el período de 7 años viene de la tradición céltica, muy presente en el Marquesado, según estudió en profundidad Don Javier Fernández Nieto, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Valencia mundialmente conocido, y muy ligado desde hace años al pueblo y tradiciones de Algarra. Los libros de Mariano y los míos son de fácil acceso. Los podéis adquirir en internet, pero los tenéis en la librería Díaz, de Landete.


Y bien, ¿por qué cada 7 años? La respuesta viene de ciertas tradiciones: antropológica, astronómica y bíblica. Por la primera, es un período claramente enraizado en la cultura céltica,[1] que lo tenía por un lapso temporal sagrado, lo que es un distintivo esencial para considerar al Septenario de Moya una reliquia protohistórica de primera magnitud, y su adopción por aquellos pagos proviene  de causas naturales evidentes:[2] al menos en el ámbito geográfico del continente indoeuropeo, la naturaleza se ha mostrado durante milenios en ciclos climáticos, medioambientales o ecológicos, de un promedio de 7 años de duración en los cuales tiene lugar un período de abundancia pluviosa seguido de otro de sequía empobrecedora. No en balde, el 7 es número vinculado a la creación y la fertilidad en las culturas prehistóricas indoeuropeas, y ello condiciona un tiempo ritual, de modo que los pueblos danzan o festejan cada septenario para agradecer lo bueno, olvidar lo malo y solicitar un futuro mejor para los próximos siete. El Septenario de Tejeda es un hijo preclaro de aquella naturaleza, madre y nutricia, omnipresente en la vida de los pueblos, que especialmente los celtas interpretaron a su modo, como vamos a intentar poner de manifiesto. No sobra decir que las circunstancias meteorológicas actuales experimentan un verdadero tránsito hacia lo desconocido, y los ciclos climáticos se han visto alterados profundamente. La cuestión estriba ahora en saber si el proceso es irreversible, y ello -si no están implicadas, además, otras causas de índole dogmático-, ha podido propiciar el abandono del Septenario, para derivar en un rito anual en multitud de casos. Tejeda y el Marquesado de Moya se mantienen fieles a la tradición, con una fuerza invencible. En nuestra humilde opinión, esa larga periodicidad ha propiciado una espera emocionante que señorea la intimidad de la fe, robusteciéndola de modo imperecedero.

Los celtas, que no desdeñaban ser regidos por reinas ni rechazaban la participación activa de mujeres en el combate, estaban organizados en grupos federales formados por 7 unidades de habitación, explotación y cultivo llamadas cantrev (o cantref), equivalentes a la civitas romana, integrada por 7 oppida, y en España no era una excepción,[3] con un ejemplo conocido y estudiado en la Tierra de Moya que en breve comentaremos: Santerón. En ciertos casos, la federación estaba formada por un número superior de cantrevs, pero siempre múltiplo de 7. Los cantrevs, a su vez, de dividían en 100 unidades básicas de explotación, o tref.[4] Veamos cómo lo ejemplifica el profesor Fernández Nieto: Recuérdese lo que escribí sobre una civitas (o gens), sus siete oppida y su similitud con los pagi a propósito de Santerón, cuya vigencia se nos revela ahora más clara conociendo la continuidad, número y naturaleza de los cantrevs. Por otra parte, la división de las secciones de los grandes pueblos celtas en grupos de siete se descubre como sistema constante en otras ramas de la tradición literaria de los Mabinogi. Cuando Bendigeit preparó su expedición a Iwerddon, reclutó en toda la isla de los Fuertes a las tropas de 154 distritos, es decir, de las 22 civitates (gentes) o circunscripciones que constituían aquel reino, cada una de las cuales estaría formada por siete cantrevs (154:7 = 22). Decidió también dejar en la isla a siete hombres como gobernantes, el jefe de los cuales sería Cradawc. En el relato, conocido como La muerte de los hijos de Tuireann § 9, uno de los nobles irlandeses, Breas hijo de Balar, se ofrece para llevar la guerra «avec sept très grands et rouges bataillons de cavaliers». Basten estos ejemplos, a reserva de otros paralelos antiguos”.[5]

En la mitología céltica, una leyenda asegura que cada 7 años surgen las islas encantadas frente a la costa irlandesa, pobladas por dioses y espíritus celtas, sirenas y sirenos; y una de las leyendas más conocidas, el viaje de San Barandán en busca de la terra deserta, o tierra de la Promisión de los Santos, historia legendaria de inspiración mitad celta y mitad cristiana de inmensa influencia en la literatura, se prolonga durante 7 años en un relato con abundantes referencias al 7, pues para empezar lo realiza en compañía de 14 monjes.[6] En la leyenda irlandesa de San Barandán (Brendán o Brandán): “El siete es un número mágico. Significa la perfección de un mundo cerrado en sí mismo, es el símbolo universal de la totalidad. Además, es la suma del tres y el cuatro, el tres como símbolo de la Trinidad del cielo, y el cuatro como conjunto de los puntos cardinales que simbolizan la tierra”.[7] No debemos omitir que la evangelización en Irlanda, excepcionalmente, no fue totalmente obliterativa, sino que San Patricio (461) y sus sucesores pusieron envidiable empeño en preservar y transmitir la cultura vernácula, su lengua y sus tradiciones, salvando valiosísimos manuscritos en lengua gaélica a cambio de asimilar muchas de sus creencias para convertirse en una peculiar versión de Iglesia Celta, muy activa y responsable de la evangelización de Britania (Inglaterra) y de la continental Armórica. Veremos que el fenómeno representa una excepción antológica sobresaliente en la Historia de la Iglesia.

Los ejemplos de leyendas célticas cuya acción se dosifica, transcurre o concluye en plazos de 7 años son abundantes;[8] por ejemplo, en el cuento irlandés de Cú Rói y la doncella raptada Blathnaid, que le traiciona confesando a sus enemigos que su alma se encuentra en una manzana dorada, fruto de un árbol visitado cada 7 años por un salmón,[9] pues otras leyendas aseguran que las almas, después de morir, se alojan en sapos, ratones o serpientes durante 7 años, en los que van a un cierto santuario que no visitaron en vida; después se reencarnan en palomas y van al Cielo.[10] O el mito de La Piedra de la Culiebra, leyenda asturiana, con sus 7 culebras que generan la piedra mágica sanadora, y otros mitos, como el de San Patricio, que en Irlanda convierte a sus enemigos paganos en lobos, durante 7 años.[11] En La cabeza de Bran, muerto el héroe, sus 7 compañeros lo homenajean en una cena que dura 7 años, antes de viajar a su destino.

En Irlanda, las fiestas en Tara, la colina sagrada de los celtas irlandeses, se realizaban con periodicidad de 7 años. Habrá un período de 7 años antes del juicio final. Gracias a las plegarias de San Patricio, ningún demonio se aparecerá en Irlanda durante 7 años, 7 meses, 7 días y 7 noches. La duración de las aparcerías de ganado era de 7 años. Hasta los 7 años cumplidos, no se sabe si un individuo es sano de espíritu o idiota. En Gales: la penitencia de la diosa Rhiannon dura 7 años. Si un hombre toma mujer, hasta el 7º año ella tiene derecho a 3 bueyes de dote, y si convive con ella durante 7 años completos, comparte sus bienes como esposa legítima.[12] El símbolo posee su correspondencia en otros cuentos irlandeses, como La navegación de Maelduin y La navegación de Bran, hijo de Febal, embrión del Viaje de San Barandán, y todos relacionados con el mar, íntimamente ligado al seno materno a la vez que al dominio de la mujer, armada con el poder amenazador de su atracción, dueña de las regiones profundas del inconsciente masculino.[13]

En la religión mesopotámica, modelo y matriz de todas las religiones, el diluvio, fenómeno apocalíptico del que no hay rastros geológicos, dura 7 días y 7 noches, y a continuación, la diosa Ea crea 7 varones y 7 mujeres para poblar el mundo; además, la diosa Inanna ha de penetrar 7 puertas para descender a los infiernos, donde reinan los 7 jueces infernales (los Annunaki). En sus salmos, el orante babilónico admite haber cometido 7 veces 7 pecados. En la consecuente religión babilónica, el gigante Gilgamesh llorará 7 días y 7 noches la muerte de su amigo Enkidu; más tarde, Utnapishtim, el primer hombre creado después del diluvio, le someterá a la prueba de permanecer despierto 6 días y 7 noches para alcanzar la inmortalidad, aunque no la supera. En las religiones hititas y cananeas, de influencia Ugarítica, el ciclo de 7 años está ligado a la fertilidad de la tierra, y al dios Yam, exterminado por Baal, se le representa como un monstruo de 7 cabezas. Môt, igualmente asesinado por Baal, volverá a la vida después de 7 años, y Baal mata igualmente a los 77 hijos de Asherat/Astarté/Inanna, que era su propia madre. La iniciación mitraica, de naturaleza mistérica, constaba de 7 grados, y la escalera ceremonial tenía 7 peldaños, y cada uno representa un cielo planetario.

La fascinación sagrada del 7 es universal. Frazer cita una leyenda en Camboya, según la cual hay en lo intrincado de la selva dos reyes que viven alternativamente 7 años en 7 torreones en la cima de 7 montañas, y reinan 7 años, mudando su morada a otro castillo al acabar el ciclo.[14] En el Rig Veda, el carro del sol está tirado por 7 caballos; en las culturas orientales, es frecuente el árbol de la vida, o árbol cósmico, con sus 7 ramas. Los ejemplos son inagotables. En el ciclo cretense, Teseo asume la prueba iniciática del minotauro acompañado por los 7 muchachos y las 7 muchachas del tributo.[15]  Alcmena estuvo pariendo a Hércules 7 días con sus noches. Buda/Gautama/Sakyamuni, al nacer del costado de su madre, dará 7 pasos hacia el Norte, que es alegoría del tránsito de la ignorancia a la iluminación,[16] y luego será criado por su tía hasta cumplir 7 años; después, permanecerá 7 semanas enfrentándose a las tentaciones, antes de ser llamado Buda, el Despierto o Redentor; a su muerte, será honrado con música y danzas durante 7 días. En el solsticio de invierno se representaba en Egipto la pasión de Osiris, y una vaca sagrada con un sol entre los cuernos, quizá imagen de la madre Isis buscándole, daba 7 vueltas al templo en procesión, etc., etc., etc.

Por la tradición astronómica del cielo físico, es notable el conocimiento y observación de los 7 astros errantes desde la más remota antigüedad, los planetas, identificados con los dioses en casi todas las culturas,[17] pero 7 eran las estrellas de la constelación de las Pléyades que podían verse a simple vista, y constituyen el símbolo por excelencia del año solar, pues son visibles de mayo a noviembre, y 7 son las estrellas que forman la Osa Mayor y la Osa Menor.

También es el 7 un referente en la literatura clásica: en La Odisea (Canto V), la ninfa Calipso solo puede retener a Ulises 7 años junto a sí, no obstante ofrecerle la inmortalidad. En la religión sumeria, el zigurat era un monte cósmico, es decir una metáfora del cosmos, con sus 7 pisos que representan los 7 cielos planetarios. Con toda probabilidad, aquellos climas y estas potestades celestes reguladoras de la vida constituyen los condicionantes históricos de la mística del 7, tan importante en todos los ámbitos de la cultura y la religión, y en concreto la judeocristiana, plena de acontecimientos regidos por la magia simbólica del 7,[18] cifra que posee, además, la selecta condición de ser número primo, es decir, simple y único per se, pues sólo es divisible por sí mismo y por la unidad, el principio de todas las cosas -a continuación del 0, que es la nada-, lo que, traducido a concurrencia de pareceres en un grupo humano, impide el voto nulo por empate, y era también un mecanismo de defensa de la federación céltica ante las grandes decisiones.

Y, para no olvidar otra efeméride climática de profunda significación, recordemos el mandato divino del Año Sabático a Moisés en el monte Sinaí: “Cuando entréis en la tierra que yo os voy a dar, la tierra gozará del descanso del Señor. Durante seis años sembrarás tus campos y durante seis años vendimiarás tus viñedos y recogerás sus cosechas. Pero el séptimo será año de descanso solemne para la tierra: el descanso del Señor. No sembrarás tus campos ni vendimiarás tus viñas. No segarás el grano de ricio ni cortarás las uvas de cepas bordes. Es año de descanso para la tierra. El descanso de la tierra os servirá de alimento a ti, a tu esclavo, a tu esclava, a tu jornalero, a tu criado y al emigrante que viene contigo. Su entera cosecha servirá de pasto a tu ganado y a los animales salvajes”,[19] y remata con el Año Jubilar: “Haz el cómputo de siete semanas de años, siete por siete, o sea, 49 años. A toque de trompeta darás un bando por todo el país, el día diez del séptimo mes. El día de la expiación haréis resonar la trompeta por todo vuestro país. Santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores. Celebraréis jubileo, cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia”.[20] Y es que el Dios del Sinaí era también, al fin y al cabo, un producto de las necesidades agrarias del pueblo.

En resumidas cuentas, la re-vivencia periódica de los ritos es en realidad una forma de vitalidad sagrada. El rito que se renueva no es más que una forma de constatar la presencia y protección incesante de los dioses: “El carácter heterogéneo del tiempo, su distribución en “sagrado” y “profano” no implican sólo cortes periódicos en la duración profana al fin de insertar en ella el tiempo sagrado; implican además que esas inserciones del tiempo sagrado son solidarias entre sí, podríamos incluso decir que se continúan”.[21] 

En la Tierra de Moya sobrevive otro Septenario, que convoca a 7 pueblos de la comarca: el de la Virgen de Santerón, con romería de Algarra a Vallanca (Valencia), del que no hay noticia escrita hasta bien entrado el XVIII,[22] así como del Septenario de Moya no la hay hasta mediados del XVII. La etiología seguramente céltica de esta fiesta, bien estudiada desde hace unos años, con un paralelo evidente con La Caballada de Atienza,[23] permite volver a suponer la misma naturaleza para la de Tejeda, muy próxima geográficamente, aunque sus escenografías folclóricas y rituales son en apariencia muy diferentes. En cualquier caso, ambas encuadradas en la Tierra de Moya, territorio endogámico muy caracterizado por su aislamiento geográfico y antropológico, de antigüedad indefinida. Mientras la posible anfictionía de Tejeda ha quedado muy difuminada en el actual territorio de gracia, entidad geográfica muy superior pues acapara la fe de todo el Marquesado de Moya y zonas limítrofes, con representación icónica en otras más alejadas, la anfictionía ancestral puede ser aún reconocida en la Hermandad de Santerón,[24] formada por 7 núcleos o pueblos circundantes, heredera de la cofradía céltica de 7 cantrevs, y agrupada en torno al santuario y la fiesta, fosilizada pero deliciosamente viva, aunque muy afectada por la despoblación comarcal, no menos que en la identificación del numen pagano de carácter diánico con los atributos del actual, la Virgen María. El origen primero céltico de esta comunidad, luego romanizada y últimamente cristianizada, se aprecia incluso en la toponimia, con ejemplos tan característicos como Algarra, La Kunázara y el mismo Santerón, debidamente identificados por el profesor Fernández Nieto.[25]

 



[2] Pago: Agrupación étnica, militar, territorial, política y religiosa, ligada a un territorio.

[3] Javier Fernández Nieto, Religión, derecho y ordalía en el mundo celtibérico: la federación de San Pedro Manrique y el Ritual de las Móndidas, 2005. Entre otras, Fernández Nieto estudia comparativamente el Mabinogion, fuente esencial para el estudio de la civilización céltica; hay edición en español de Mª Victoria Cirlot, Mabinogion. Relatos galeses, 1982.

[4] Markale, El cristianismo celta, 2001, p. 31.

[5] Ob. citada, 2005, p. 599.

[6] Fernando Galván, Islas y viajes en el imaginario celta medieval, 2007, p. 695; E. Monge Allen, El viaje al paraíso. La espiritualidad celta a la luz de la Navigatio Sancti Brendani, 2009, y la leyenda, en Benedeit, El viaje de San Barandán, múltiples ediciones.

[7] Dolores Corbella, El viaje de San Brandán: una aventura de iniciación, 1991. Eloy Benito Ruano ha desplegado todas las tradiciones reunidas en este viaje ejemplar, en su La leyenda de San Brandán, 1951, p. 43: las Islas de las Hespérides, el Mag Mell o país de la eternidad de los celtas, la leyenda cristiana del Paraíso Terrenal, Las Mil y una noches, Las Siete ciudades, etc. Hay que decir que el viaje de San Barandán parece probado, pero su historicidad se ha mezclado con el mito céltico de Bran, el héroe hijo de Fébal, que partió en busca del paraíso druídico, ver Markale, El cristianismo celta, 2001, p. 53. No sería nada extraño que el abad Barandán o Brendan se embarcara en aquel viaje real para materializar el mito de Bran, en una estrategia sincrética muy propia de aquellos colonizadores espirituales.

[8] Aclaremos, no obstante, que también el 3, el 5, el 9 y el 12 poseen carácter icónico, ver Alwyn y Brinley Rees, Celtic Heritage, 1975, cap. 9, p. 186 y ss.

[9] Los celtas poseen alma externada, pues creen que se halla alojada en un animal u objeto determinado, como una piedra, un fruto, un pájaro, un pez, una hierba, un grano de arena, un escarabajo, etc., etc., que al ser descubierta y aniquilada produce su derrota, o bien la muerte; ver Mª del Henar Velasco, De la Hélade a Éire. Tradiciones sobre el alma externada, 2007, p. 714, y el cuento, en p. 722; no perderse J. G. Frazer, La rama dorada, Caps. LXVI y LXVII.

[10] F. Alonso Romero, La transmigración de las almas en el folklore del mundo céltico, 2007, p. 153.

[11] A. Álvarez Peña, Elementos de la antigüedad celta en la tradición oral asturiana, 2007, págs. 245 y 256.

[12] Loth, ob. citada, 1904, p. 137 y ss.

[13] Jean Markale, ob. citada, 2005, p. 71 y ss., con otras historias que redundan en el mismo argumento: la ideal superioridad de la mujer y lo femenino, con su trasfondo religioso.

[14] Frazer, La rama dorada, 2005, p. 140.

[15] Frazer, ob. citada, 2005, p. 329.

[16] Episodio, por cierto, referido a la Virgen en el Protoevangelio de Santiago, VI-1.

[17] Luna, Sol, Venus Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno, por orden de proximidad. No se descubre Urano hasta 1781, por William Herschel, y Neptuno en 1846, por Johan Gottfried Galle. Plutón, que ha perdido la denominación de planeta, es descubierto, primero por cálculo de anomalías, y después por observación, por C. William Tombaugh, en 1930.

[18] Por ejemplo, Génesis, Cap. 41: las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, el sueño de Faraón interpretado por José, y otros muchos pasajes bíblicos, como el Libro Profético del Apocalipsis, 10:1-11, o Génesis, 2:2 y 41:28-30, Éxodo, 29:30, Levítico, 4:17, etc., etc.

[19] Levítico, 25:3-7.

[20] Levítico, 25:8-10.

[21] Mircea Eliade, 1981, p. 392, y poco después, “En religión como en magia, la periodicidad significa ante todo la utilización indefinida de un tiempo mítico hecho presente”, y pone un ejemplo: “La pasión de Cristo, su muerte y su resurrección, no es sólo que se conmemoren durante los oficios de Semana Santa, sino que tienen lugar realmente en ese momento, ante los ojos de los fieles”.

[22] En el Diccionario Geográfico de España, de Tomás López, 1787.

[23] F. Javier Fernández Nieto, La federación celtibérica de Santerón, 1997, y a torpe rebufo de Fernández Nieto, Santiago Fernández Ardanaz, con su ob. citada de 1999, y Peñas festivas, cofradías, federaciones precristianas en Santerón (Cuenca-Ademuz): un proceso de refuncionalización, 2000, limitándose a repetir nuevamente los hallazgos de Fernández Nieto. Existe bibliografía netamente cristiana de la fiesta, en línea, que no nos detenemos a comentar.

[24] Anfictionía: en la Grecia clásica, liga o confederación de tribus vinculadas a un territorio, de carácter religioso, pero en general con un significado antropológico y político pleno, que tiene su correspondencia en la federación céltica.

[25] Ob. citada, 1997, págs. 185 y 191, y en consecuencia, pero sin citarle como debiera, Fernández Ardanaz, ob. citada, 2000, p. 72.


Exposición septenarios de Moya 2004 organizada en el Santuario de Tejeda en el Septenario con la colaboración de diversas personas y en particular de Pepe Benedicto Sacristán a quien debemos estas fotografías de los carteles.


Sendas imágenes del traslado o subida de la Virgen de Tejeda desde Garaballa hasta la villa de Moya en el LV Septenario, el 16 de septiembre de 2025.Raúl Turégano Sánchez.




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